LIVERPOOL CONSUMA OTRA ÉPICA REMONTADA Y VA A LA FINAL DE LA CHAMPIONS A COSTA DEL BARCELONA

La quimera de la Champions destroza al Barcelona

La secuencia de derrotas desde Berlín 2015 es tan sangrante que demanda una autocrítica inmediata

Por segundo año el equipo culé pierde en la semifinal, ahora ante un equipo inglés. El año pasado, la Roma lo dejo tendidos en el terreno de juego en batalla memorable

LIVERPOOL, 7 de mayo, 2019.- El Liverpool acaba de escribir un nuevo episodio histórico para la Champions League. Con su remontada para imponerse 4-3 global al Barcelona en las Semifinales de esta temporada, el conjunto de Jürgen Klopp nos hace recordar otros episodios memorables en los que un equipo vino de atrás de forma milagrosa para llevarse la serie.

Los Reds revirtieron un marcador adverso de 3-0 nuevamente y se suma a otras grandes proezas del balompié.

Barcelona sufrió un ‘dejavú’ de lo que le pasó en Roma, pues volvió a perder una ventaja de tres goles y sufrió el infortunio de otra eliminación y fracaso en Champions.

En busca del milagro y teniendo la ventaja que da la localía, los Reds se plantaron en el Anfield con la mente en emendar su error tomando el dominio y el control del juego desde el silbatazo inicial.

Uno de los episodios memorables lo protagonizo el Deportivo La Coruña, que en los Cuartos de Final de la 2003-04 le dio la vuelta a un 4-1 en contra para eliminar al histórico Milan de Dida, Cafú, Maldini, Gattuso, Nesta, Seedorf, Pirlo, Kaká, Shevchenko y compañía. En el papel, el modesto club español no tenía las armas necesarias para superar la adversidad, pero a base de garra y buen futbol, se impusieron 4-0 (5-4 global) con goles de Pandiani, Valerón, Luque y Fran.

Los Reds ya están familiarizados con remontar grandes adversidades y, sin duda, la más memorable es la que realizaron en la Gran Final de 2004-05 con el cuadro Rossoneri también como víctima. Con todo y sus grandes figuras, y a pesar de que en 45 minutos tenían una gran ventaja de 3-0, el Liverpool de Rafa Benítez igualó el marcador gracias a los tantos de Steven Gerrard, Vladimir Smicer y Xabi Alonso para mandar el duelo a tiempos extra.

Sin poder definir a un ganador en la prórroga, pero con un Liverpool lleno de pundonor, el partido fue a tanda de penaltis y ahí se impusieron por 3-2 para consumar la hazaña histórica en una noche mágica de futbol en Estambul, Turquía.

Una historia más reciente la escribió el Barcelona en los Octavos de Final de la 2016-17 frente al París Saint-Germain. La poderosa escuadra parisina había goleado 4-0 en el Parque de los Príncipes a los de Luis Enrique; todos daban por muertos a los catalantes, pero el Camp Nou se convirtió en la fortaleza que necesitaban para venir de atrás.

A los tres minutos, Luis Suárez empezó la proeza; Kurzawa y Messi acercaban aún más a su equipo, pero entonces Edinson Cavani parecía poner el último clavo en el ataúd blaugrana al 62′. Sin embargo, a dos minutos del final, Neymar apareció con un milagroso doblete y, al 95′, Sergi Roberto finiquitó todo para el 6-1 (6-5 global) que les daba el pase a la siguiente ronda.

Un año después, en la 2017-18, le tocaba al Barça ser el humillado. Tras irse abajo 4-1 en el juego de Ida de los Cuartos de Final, una Roma inspirada salió con el cuchillo entre los dientes para la Vuelta en casa; lo que parecía imposible, fue logrado gracias a las anotaciones de Dzeko, De Rossi y Manolas, que empataron el marcador 4-4 y gracias al gol de visitante que firmó el propio bosnio en el Camp Nou, el conjunto italiano obtuvo el pase a la siguiente ronda.

Y aunque el marcador adverso no era tan abultado, lo que hizo el Manchester United en la Final de la campaña 1998-99, para arrebatarle el título al Bayern Munich, fue algo que ha pasado a la historia como una de las remontadas más épicas del futbol.

Basler adelantó a los bávaros al minuto 6 del partido y, a partir de ahí, el arco del Bayern parecía lejano, impenetrable; el tiempo se le acababa al equipo de Sir Alex Ferguson, hasta que al 91′, en un tiro de esquina, Teddy Sheringham se interpuso en la trayectoria de un remate descompuesto de Ryan Giggs para igualar el partido de forma agónica.

Se estaba preparando todo para los tiempos extra, pero entonces Sheringham remató de cabeza un córner y Ole Gunnar Solskjaer estiró la pierna para incrustar la pelota en el fondo de la portería de Oliver Kahn al 93′. En dos minutos, la gloria cambió de manos y los Red Devils levantaron la Orejona.

La pesadilla culé este martes iba en aumento cuando Georginio Wijnaldum remató de cabeza y puso el 3-0 apenas tres minutos después. Dicho marcador llevaba el partido al tiempo extra.

El clavo final al ataúd se dio con el doblete de Divock Origi, quien hizo explotar al estadio y a la afición que más que nunca demostró que el Liverpool ‘nunca camina solo’ y ahora va al Wanda Metropolitano de Madrid para jugar la Final.

El coraje ingles

Habrá un antes y después de Anfield. La secuencia de derrotas del Barcelona desde Berlín 2015 es tan sangrante que demanda una autocrítica inmediata, la más profunda de las reflexiones y la intervención decidida de una directiva cuyo mandato acaba en 2021, el mismo año en que finaliza el contrato de Messi, hoy tan aturdido como el presidente del Barcelona. No se sabe muy bien cómo procederá Bartomeu después de que resolviera la última crisis con la convocatoria de unas elecciones que le llevaron a la reelección por ganar el triplete ante la Juventus.

El Barça quiso encontrar en el tridente la fórmula del éxito y desde entonces solo ha encadenado estrepitosos resultados en escenarios tan distintos como Madrid, París, Turín, Roma o Liverpool. La sustitución de Neymar desde su huida al PSG se ha convertido en una cuestión obsesiva y fallida en Europa. La política deportiva se ha centrado en los jugadores más que en el fútbol hasta que la miserable caída de Liverpool ha remitido a las crueles escenas que se daban por olvidadas de Sevilla o Atenas. El fin no justifica los medios ni siquiera cuando se tiene a Messi.

No ha habido más consigna que la de contentar al 10 sin percibir que aquello que le conviene a Messi no es necesariamente lo mejor para el Barça. El barcelonismo es víctima de un engaño fabricado desde el mismo Camp Nou: nada debería ser más fácil en la vida que ganar cada temporada la Champions con el delantero de Rosario. Ofuscados con Messi, se ha sacrificado la identidad colectiva por la individual, un clásico en el Barcelona. No vale con cualquier entrenador y no alcanza tampoco con acertar con los futbolistas que le vienen bien al 10.

No hay nada peor que un equipo sometido a los jugadores, incluso cuando el líder se llama Messi, el capitán que tocó a rebato desde que se puso el brazalete en la presentación de la temporada con aquella declaración que el barcelonismo asumió como un dogma de fe: “Vamos a por esa copa tan linda y deseada” que es la Champions. No es que Messi haya engañado a la gente sino que la conquista del torneo no depende tampoco exclusivamente del apetito del número 10. Messi debería ser el punto final y no el origen del fútbol Barça.

El argentino no es nadie si el equipo no recupera la pelota, extraviada por culpa ajena y sobre todo propia, después de que la evolución del estilo haya degenerado en una involución resumida en una soflama: no se trata de jugar a fútbol sino de ganar la Champions, igual que ocurría antes de la conquista de Wembley 1992, cuando se imponía borrar los cinco postes de Berna y los cuatro penaltis fallados de Sevilla. Así que no se trata de gestionar sino de ser protagonistas para salir de la confusión generalizada que hoy paraliza al Barcelona.

No sirve cualquier futbolista, ni entrenador ni presidente para manejar el Barça. Los distintos estamentos han quedado señalados por la derrota brutal de Anfield. El presidente solo busca dinero para pagar la nómina del equipo de Messi, los futbolistas se han endiosado tanto que han roto el vínculo afectivo con la hinchada y el entrenador se confunde con un asistente de campo cuando se decide la Champions. El Barça es hoy un club y un equipo sobrevalorados por la propaganda, tan esclavo del reto continental que desmerece hasta la conquista de la Liga y la Copa.

Nada vale la pena si no se conquista Europa. No habrá por tanto remedio a tanta frustración si no se corrige el mensaje antes de la próxima Champions. El equipo envejece mal, excesivamente egoísta y confiado en su oficio, retratado en el 4-0, imagen de la desidia y motivo de befa incluso para Luis Suárez, que no marca en cancha contraria europea desde septiembre de 2015 en Roma. Y tampoco se corrigió el entrenador, que leyó mal el partido y el resultado del Camp Nou: entendió que para la vuelta valía el mismo plan de la ida sin reparar en la fortaleza del Liverpool.

 

 

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